Como la magdalena del cuento de La Mayor de Saer resultó ser
el poema El General de Osvaldo Aguirre,
entre mates de una mañana de sábado. La descripción
de los paisajes de campo, la vida en el campo, cada elemento que compone ese
escenario deviene en personajes: los
pomelos, las naranjas, el sulky, las vacas, las yeguas, el lucifer, el cachilo,
las urracas, Francisco, Amanda … en un constante telón de lluvia y tormentas en
su devenir.
En un momento el autor despliega una suerte de reflexión que
no es tal sino afirmación de lo que este poema /magdalena viene contando, ese
inter juego entre singularidad y las constancias
que parecieran preexistirnos pero sin embargo es algo así como la inmanencia de
las cosas y su porosidad, que Aguirre impecablemente
en su poética afirma:
Pero cuando el decía
“General”, abriéndose
paso bajo los paraísos,
donde pisaba suelo
firme, también salía
fuera del tiempo,
su voz encontraba el eco
de otros Franciscos,
que habían llamado
a otros generales,
por la misma huella.
No era permeable
como la tierra
ni vivía las mudanzas
del sauce o la calandria:
la costumbre afirmaba
un lenguaje invariable
bautizaba “Francisco”
a los hombres,
“Rosa” a las mujeres,
“General” “Lucifer”
a los perros.
Apenas las palabras
para interpretar
los signos de la tierra
y del cielo y la conducta
de los animales, cosas
que nunca cambian,
para la pena y la alegría,
el trabajo y el descanso:
las palabras y los nombres
que abrían un camino
en el abandono de ir
por el mundo
y abrigaban un ser.
Lo campestre es abordado no desde una carga emotiva, “ni
desde la oda. No hay un canto celebratorio o elegíaco a la naturaleza campestre" como dice Ana Porrúa en la contratapa
del libro. Por esto se vuelve interesante, porque se teje en los pequeños
detalles y en su anudamiento.
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