Simplemente Saer

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sábado, 3 de agosto de 2013

Encuentro con Juan José Saer



Como una cita programada, me dirijo a mi biblioteca y voy al encuentro de Cicatrices de Juan José Saer. Un tanto sabiendo a donde quiero ir, como al encuentro de un amante, busco el lugar a donde quiero llegar. Ese lugar, pasaje, es un encuentro y sin querer advierto que cada vez que escribo en este blog el extracto de un libro, es como dar cuenta de estos encuentros en donde algo de mi intimidad hace guiño, complicidad, lazo con la escritura.

Y acá estoy con C(c)icatrices en mis manos, releyendo un pasaje de esta potente novela y encuentro un dibujo (un sillón y un gato) que hice en el año 2004 de la casa del que era mi novio en ese entonces . El encuentro se interrumpe, luego retomo esa lectura y entiendo el por que fui ahí, escribí un poema que de alguna manera me llevaba a esa imagen.

Leo, me gusta mucho leer, dice Larrosa: "Se lee para sentirse leer, para sentirse leyendo, para sentirse vivo leyendo. Se lee para tocar, por un instante y como una sorpresa, el centro vivo de la vida, o su afuera imposible".

Escribo este extracto para compartir vida, lo inasible de la vida....



"La ciudad era un cementerio, y salvo las luces débiles de las esquinas, el resto estaba enterrado en la oscuridad. Cuando me puse a cruzar una esquina en diagonal, bajo la luz que dejaba ver las masas blanquecinas de la llovizna suspendidas en el aire, vi venir una figura humana en mi dirección.Fue emergiendo lentamente de la oscuridad, y al principio apareció borrosa por la llovizna, pero después fue haciéndose más nítida. Era un hombre joven, vestido con un impermeable que me resultó familiar. Era igual al mío. Venía tan derecho hacia mí que nos detuvimos a medio metro de distancia, exactamente bajo el foco de la esquina.Traté de no mirarle la cara, porqué me pareció saber de antemano de quién se trataba.Por fin alcé la cabeza y clavé la mirada en su rostro. Vi mi propio rostro. Era tan idéntico a mi que dudé de estar yo mismo allí, frente a él, rodeando con mi carne y mis huesos el resplandor débil de la mirada que estaba clavando en él. Nunca nuestros círculos se habían mezclado tanto, y comprendí que no había temor que él estuviese viviendo una vida que a mí me estaba prohibida, una vida más rica y más elevada. Cualquiera hubiese sido su círculo, el espacio a él destinado a través del cual su conciencia pasaba como una luz errabunda y titilante, no difería tanto del mío como para impedirle llegar a un punto en el cual no podía alzar a la llovizna de mayo más que una cara empavorecida, llena de esas cicatrices tempranas que dejan las primeras heridas de la comprensión y la extrañeza."

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