Simplemente Saer

Simplemente Saer

lunes, 25 de noviembre de 2013

Cursilería

Escribo para acariciarte
esta grafía en potencia
te existirá
nos existirá en el más acá

Entro en un ring
con mi boca cuando
extraña tu boca
tus brazos

Y así fue
que discutí con mi boca
con mis manos mis brazos
lucho contra esas partes
de mi que

extrañan  a esas partes de vos
Resulta que esas partes de mi
extrañan a esas partes de vos
y que hacer...

Y yo quiero que estés
sentado en mis ojos
y dormirme en tu voz
Nada más

lunes, 28 de octubre de 2013

En quien pensar
ahora que no está esa sombra de vos
ausencia de recuerdos
vacío de ecos de vos
en esta noche que es de nadie


solo acecha este vacío
que termina con los ojos cerrándose
como un libro que se cierra
en mi mesa de luz


qué hacer ahora
que no venís galopando un poema
enredado en mis lagañas matinales
ni te veo en amaneceres
solitarios


escucho un grillo
tomo unos mates
ralentizada me llega una imagen
el tata Mingo con su chaquetilla
su mano en alto saludando a papá

y tengo ahora la certeza
que ese mundo existió
era real
como lo fue el nuestro


enero. 2012




viernes, 18 de octubre de 2013

Escuché a Raúl Zurita recitar este poema bello intenso en el Festival de Poesía de Rosario(2013), gracias Raúl Zurita!! Canto a su amor desaparecid



Ahora Zurita —me largó— ya que de puro verso y desgarro te pudiste
entrar aquí, en nuestras pesadillas; ¿tú puedes decirme dónde está mi
hijo?


—A la Paisa
—A las Madres de la Plaza de Mayo
—A la Agrupación de Familiares de los que no aparecen
—A todos los tortura, palomos del amor, países chilenos y asesinos:

Canté, canté de amor, con la cara toda bañada canté de amor y los
muchachos me sonrieron. Más fuerte canté, la pasión puse, el sueño,
la lágrima. Canté la canción de los viejos galpones de concreto. Unos
sobre otros decenas de nichos los llenaban. En cada uno hay un país,
son como niños, están muertos. Todos yacen allí, países negros, áfrica
y sudacas. Yo les canté así de amor la pena a los países. Miles de cruces
llenaban hasta el fin el campo. Entera su enamorada canté así. Canté el
amor:

                                                            Fue el tormento, los golpes y en pedazos
                                                            nos rompimos. Yo alcancé a oírte pero la
                                                            luz se iba.
                                                            Te busqué entre los destrozados,
                                                            hablé contigo. Tus restos me miraron y yo
                                                            te abracé. Todo acabó.
                                                            No queda nada. Pero muerta te amo y nos
                                                            amamos, aunque esto nadie pueda enten-
                                                            derlo.

—Sí, sí miles de cruces llenaban hasta el fin el campo.
—Llegué desde los sitios más lejanos, con toneladas de cerveza
—adentro y ganas de desaguar.
—Así llegué a los viejos galpones de concreto.
—De cerca eran cuarteles rectangulares, con sus vidrios rotos y olor
—a pichí, semen, sangre y moco hendían.
—Vi gente desgreñada, hombres picoteados de viruela y miles de
—cruces en la nevera, oh sí, oh sí.
—Moviendo las piernas a todos esos podridos tíos invoqué.
—Todo se había borrado menos los malditos galpones.
—Rey un perverso de la cintura quiso lomarme, pero aymara el
—número de mi guardián puse sobre el pasto y huyó.
—Después me vendaron la vista. Vi a la virgen, vi a Jesús, vi a mi
—madre despellejándome a golpes.
—En la oscuridad te busqué, pero nada pueden ver los chicos lindos
—bajo la venda de los ojos.
—Yo vi a la virgen, a Satán y al señor K.
—Todo estaba seco frente a los nichos de concreto.
—El teniente dijo "vamos", pero yo busco y lloré por mi muchacho.
—Ay amor
—Maldición, dijo el teniente, vamos a colorear un poco.
—Murió mi chica, murió mi chico, desaparecieron todos.

                                                            Desiertos de amor.
                                                            Ay amor, quebrados caímos y en la caída
                                                            lloré mirándote. Fue golpe tras golpe, pero
                                                            los últimos ya no eran necesarios.
                                                            Apenas un poco nos arrastramos entre los
                                                            cuerpos derrumbados para quedar juntos,
                                                            para quedar uno al lado del otro. No es duro
                                                            ni la soledad. Nada ha sucedido y mi sueño
                                                            se levanta y cae como siempre. Como los
                                                            días. Como la noche Todo mi amor está aquí
                                                            y se ha quedado:

Pegado a las rocas al mar y a las montañas.
Pegado, pegado a las rocas al mar y a las montañas.
—Recorrí muchas partes.
—Mis amigos sollozaban dentro de los viejos galpones de concreto.
—Los muchachos aullaban.
—Vamos, hemos llegado donde nos decían —le grité a mi lindo chico.
—Goteando de la cara me acompañaban los Sres.
—Pero a nadie encontré para decirles "buenos días", sólo unos brujos
—con máuser ordenándome una bien sangrienta.
—Yo dije —están locos, ellos dijeron— no lo creas.
—Sólo las cruces se veían y los dos viejos galpones cubiertos de algo.
—De un bayonetazo me cercenaron el hombro y sentí mi brazo al caer
—al pasto.
—Y luego con él golpearon a mis amigos.
—Siguieron y siguieron pero cuando les empezaron a dar a mis
—padres corrí al urinario a vomitar.
—Inmensas praderas se formaban en cada una de las arcadas, las
—nubes rompiendo el cielo y los cerros acercándose.
—Cómo te llamas y qué haces me preguntaron.
—Mira tiene un buen culo. Cómo te llamas buen culo bastarda chica,
—me preguntaron.
—Pero mi amor ha quedado pegado en las rocas, el mar y las montañas.
—Pero mi amor te digo, ha quedado adherido en las rocas, el mar
—y las montañas.
—Ellas no conocen los malditos galpones de concreto.
—Ellas son. Yo vengo con mis amigos sollozando.
—Yo vengo de muchos lugares.
—Yo vengo llorando. Fumo y pongo con los chicos.
—Es bueno para ver colores.
—Pero nos están cavando frente a las puertas.
—Pero todo será nuevo, te digo, oh sí lindo chico.
—Claro —dijo el guardia, hay que arrancar el cáncer de raíz,
—oh sí, oh sí.
—El hombro cortado me sangraba y era olor raro la sangre.
—Dando vueltas se ven los dos enormes galpones.
—Marcas de T.N.T., guardias y gruesas alambradas cubren sus vidrios
—rotos.
—Pero a nosotros nunca nos hallarán porque nuestro amor está pegado
—a las rocas, al mar y a las montañas.
—Pegado, pegado a las rocas, al mar y a las montañas.
—Pegado, pegado a las rocas, al mar y a las montañas.
—Murió mi chica, murió mi chico, desaparecieron todos.
                                                                                Desiertos de amor.

Nos descargaron cal y piedras                   Me derrumbé a tu lado creyendo
encima. Por un segundo temí que             que era yo la que me arrojaba.
te hicieran daño.                                             El pasto estará creciendo me ima-
Ay amor, cuando sentí el primer es-           gino. En verdad me gustan más las
trépito me pegué todavía un poco               piedras creó, no, el pasto
más a ti.                                                            Creí que eras tú y era yo. Que yo
Fue algo.                                                          aún vivía, pero al irme sobre ti algo
Sí, seguro fue algo. Sentí las pie-               de tu vida me desmintió.
dras aplastándote y yo crei que gri-            Fue sólo un segundo, porque des-
tarías, pero no. El amor son las                  pués te doblaste tu también y el
cosas que pasan.                                          amor nos creció como los asesi-
Nuestro amor muertos no pasa.                 natos.

Es dulce y no. Fue el último crujido            Ahora todos son caídos menos
y ya no hubo necesidad de mo-                  nosotros los caídos.
verse Todo ahora se mueve.                       Ahora todo el universo somos tú
Tus pupilas están fijas, pero cua-              y yo menos tú y yo.
tro ojos infinitamente abiertos ven             Tras los golpes, ya idos, nos des-
más que dos.                                                  plazamos un poco y destrozada yo
Por eso nos vimos.                                        fui lo único que sentiste acercarse.
Por eso nos hablamos, y con tu                  Nadie sabrá el destino, porque tú
espinazo sostienes el mío. Y aun-              eres el que busco, el que cuido.
que nadie lo verá, yo alguna vez                  Llorona de ti tal vez seamos todos
pensé que sería bueno esto, que               una sola cosa. Yo ahora lo se pero
está bien. Que sería.                                      no importa.

—Ay, grandes glaciares se acercan, grandes glaciares sobre los techos
—de nuestro amor.
—Eh ronca, gritó mi lindo, los dinosaurios se levantan Los helicópteros
—bajan y bajan.
—Donde yacen los viejos galpones, las paredes muy altas con torres
—de TV.
—Tú podrías aparecer en las pantallas, oh sí amor.
—En mis sueños enciendo el dial y allí apareces en blanco y negro.
—Digo: —ése es el chico que soñaba, ése es el chico que soñaba.
—Cuando despierto sólo hay heridos en un largo palio y cueros
—cabelludos colgando de las antenas.
—Oigan amigos —les grité— esas épocas ya pasaron. Sólo se rieron
—de mí.
—Marcaron a los muchachos y a bayonetazos les cortaron el pelo.
—¿Fumas marihuana? ¿Aspiras ncoprén? ¿Qué mierda fumas rojo
—asqueroso?
—Pero son lindos. Aun así yo me reglo de verlos, mojo la cama y Runo.
—Yo me enamoro de ellos, me regio y me pinto entera. Envuelta en
—lágrimas los saludo,
—pero todos sueñan hoy el sueño de la muerte, oh sí lindo chico.
—Grandes glaciares vienen a llevarse ahora los restos de nuestro amor.
—Grandes glaciares vienen a tragarse los nichos de nuestro amor.
—Las nicherías están una frente a la otra.
—De lejos parecen bloques.
—Todo lo vi mientras fuerte me daban pero me vire, y mi guardián
—no pudo retenerme.
—Allí conocí los colores y vi al Verdadero Dios gritando dentro de
—los helados galpones de concreto,
—ahullando dentro de los fantasmas galpones de concreto,
— mojándome entera dentro de los imposibles galpones de concreto.
—Muía chilena -me insultaba mi madre- ya llegará también tu hora.
—Me vire por muchos lugares y vi a mis viejos sin salir de allí.
—Son como Dios.
—Pero ellos no saben que su cachorra se está muriendo de amor y
—golpes en los viejos galpones.
—Ahora me buscan pobres viejos ateridos.
—Preñándonos de gruesos escupitajos, juntos, jóvenes y viejos
—reventaremos.
—    ay amor reventaremos
—    ay amor reventaremos
—La generación sudaca canta folk, baila rock, pero todos se están
—muriendo con la vista vendada en la barriga de los galpones.
—En cada nicho hay un país, están allí, son los países sudamericanos.
—Grandes glaciares vienen a recogerlos.
—blancos glaciares, sí hermano, sobre los techos se acercan.
—Murió mi chica, murió mi chico, desaparecieron todos.
                                                                                Desiertos de amor.

Lloré así y canté. Aullando los                     Los países están muertos. Un
perros perseguían a los mucha-                Galpón se llama Sudamérica y el
chos y los guardias sitiaban.                       otro Norte.
Lloré y más fuerte mientras los                   Tormento me dio la vista, dije
cuerpos caían. Blanco y negro lloré            abriéndome. El responso canta-
el canto, el canto a su amor des-                mos. Entera mi mala estrella cante
aparecido.                                                        entonces el canto a mi amor que
Todo el desespero mío yo lloré.                  se iba. Muchas cruces se llama-
El pasto sube hasta las nicherías.              ban e iban.
Los muchachos paisa le dije ten;               Todos paisanos dije llorando se ha
ten mi pena y se apaga.                                 ido Se fue, y yo no peno ni no peno.
Nostalgia cantamos por los países            La Internacional de los países
y por el país chileno.                                       muertos creció subiendo y mi amor
Procesión fue y sentencia, cruza-                 puse. Todo el amor paisa, todo el
mos los otros nichos y frente al del             lloro mío sumé y sonó entonces la
país nuestro estalló el salmo.                      General de los países muertos.
Toda la pena.                                                    Así desangré yo la herida y al
Todo el salmo cayó entonces so-                partir rojo sonó el canto a mi amor
bre su amor que no estaba. De                    desaparecido. Todas estaban como
nostalgia cantó por ellos, por ellos,             abriéndose igual que fosas estas
por los países muertos puse no,                 letritas, el grito, el país puse no,
no dolía.                                                             no dolía.

—Cantando, cantando a su amor desaparecido.
—Cantando, cantando a su amor desaparecido.
—Sí hermosa chica mía, lindo chico mío, es mi karma ¿no?
—Todos los países míos natales se llaman del amor mío, es mi lindo
—y caído. Oh sí, oh sí.
—Todos están allí, en los nichos flotan.
—Todos los muchachos míos están destrozados, es mi karma ¿no?
—Me empapo mucho y te quiero todo.
—Cantando, oh sí, cantando a su amor desaparecido.
—Cantando, oh sí sí, cantando a su amor desaparecido.

Argentina, Uruguay y los países                  ¿No te apenaste? Flores del Cen-
chilenos del amor mío y desapa-                 tral país cambiaron y era que yo
recido.                                                                me moría.
Por escalera se sube de un país a              De tu lado me morí y me pusieron
otro. Por ascensores se sube o por            arriba como los países argentinos
aviones del amor mío que también             están ubicados sobre los chilenos.
baja las penumbras y a veces sube.           Todos van subiendo unos sobre
Allí andanos yo y tú. Allí andamos,                otros. Nichos del galpón Sudame-
entre las fosas tú y yo que nos                      ricano, y muertos se llaman. Nos
hablamos: —¿Me comiste? ¿porque           murieron —digo— de la pena y se
tenías hambre chileno me comiste?            llaman.

Te quería, te quería tanto, dice, que             Del amor desaparecido también se
toda la noche negra silbó y yo te                   llaman los países. Enmurallados
sostuve con mi mano y lo viste.                     yacen como nosotros.

Es cosa sólo de muertos.                               Masacraron a los chicos y los
Sí, es sólo cosa de los muertos el               países se quedaron. Nosotros
ver cada una de estas letras                         somos ellos, tiré. Fue duro.
abriéndose en nichos.                                    Algunos se apodan Países del ham-
Letras, letritas, dice, tumbas del                   bre, o bien USA en el nicho ameri-
amor ido dice. Yo te sostuve con                  cano, digo: Más atrás están los
mi mano y lo viste. Países idos                    oíros. Amor mío; somos nos
dice.                                                                    comidos.


                                                                                                              Fin. Y entonces:


....Reventada de amor toda la enamorada que quepa te cantó allí. Fue
más hondo todavía; más abajo de los hoyos negros, del grito, de la
pesadilla. Allí la mujer en amor te contó esta historia; es descripción,
mapas y países enruchados, pero toda su enamorada te cantó allí. Corte.
Tu desierto de amor. Corte. Y entonces:

sábado, 12 de octubre de 2013

Días de verano

"Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde y cristalina, más que un placer, suponía la vuelta a un estado normal de cosas "... John Cheever: El nadador

así eran las cosas
un mediodia
mamá preparaba el almuerzo
32 ° en el pueblo

partiamos al club
the dream team: mi padre, mis hermanas y yo
dejábamos los bolsos
en el guardarropa

de allí ibamos a los baños
grises húmedos
los envolvía un olor nauseabundo
como a las letrinas de las duchas

esos hoteles transitorios
de noches solitarias
en pueblo olvidado por todos
menos por los que  ahí vivíamos

así las cosas
nos poníamos las mallas
y nuestro padre
se duchaba
antes de sumergirse en el agua

luego entrábamos el pie en el agua
que intuíamos congelada
ahora pongo el pie en estos lagos
que intuyo congelado en doble visión


el ciclo comenzaba
papá se tiraba a la pileta
y nadaba
veiamos que respiraba
cada cuatro brazadas

nosotras por otro lado
nos tirabamos al agua
bombita paradas
saliamos del agua

y regresábamos todos en auto
a casa donde nos esperaba mamá
y un lugar seguro previsible
No sospechábamos de su caducidad










lunes, 7 de octubre de 2013

Diseminación

tengo miedo  que una hoja se quiebre
y el  mundo se caiga
mientras un hombre mata a su mujer
en suelo invisible

pienso que no quiero que se
quiebre ninguna hoja
camino  tratando de no
pisarlas


me duele la esperanza
de la casita de papel
que terminé de armar
y se llevó el viento

veo los rayos que
esconden los soles
por venir
en la bici de Juan


y pienso en las bicis
de la cocina vieja en
la casa de mis abuelos
en el Uruguay

una pileta de cemento
el jabón la perdiz
una esponja de acero
vieja y roída
junto a mi llanto en el abismo
de la palabra hoy










martes, 1 de octubre de 2013

El caracol

Apoyo sobre mi oreja
el caracol que se encuentra
en la mesa Luis XVI
de mis tías abuelas

viene de allí un rumor
de recuerdos caracolizados
rugidos de mar que impactan
sobre ese muelle que armamos

en esa noche huérfana de estrellas
papá, mamá, mis hermanas y yo
nunca nos vi tan fuertes
esa imagen me llega en pleno desalojo

la intemperie no por eso es menos real
mientras la vida pasa
las cosas siguen su ritmo
la araña teje su tela

la ciudad insomne
no me proteje
la hostilidad de la ciudad me hiere
y yo me caracolizo

lunes, 30 de septiembre de 2013

Amigos

                                                                    a M. y M.

cuando voy en auto
a tu casa pienso
que es como el lugar donde
nuestros cuerpos agotados de
andar tanta vida
se suspenden

la pluma la nieve
en el aire se suspenden también
en mímesis de esos encuentros

y en  esa calma inquieta 
la risa es desparpajo
la forma una excusa


a veces nos pienso a los tres viejos
y quiero solamente vernos
sentados tomando unos vinos
fumando unos porros

porque esos miércoles
son como un escondite
cueva caverna
frente a la ferocidad del Tiempo




sábado, 28 de septiembre de 2013

Locuras

Este poema nace de un poema
me acordé del pabellón psiquiátrico
del olor a la locura artificializada
a la locura aplastada

Las camas de John Bridget
de tu poema
eran las camas de
Carlitos Pucho Polito

Cuánta locura
locura fugitiva encerrada
en  psicofármacos
esas rejas químicas

el halopidol como
puentes de muchos
allí todos los caminos
conducen al halopidol


como una mamushka del encierro
en la que nadie habla
sólo gritos ahogados
apenas se escuchan

hay poca vida
solo se sobrevive
en el psiquiátrico
de la cárcel

domingo, 8 de septiembre de 2013

Tiempo de divorcio de John Cheever


Mi mujer tiene el pelo castaño, ojos oscuros y carácter bondadoso. A veces pienso que este buen carácter es el responsable de que consienta a los niños. Es incapaz de negarles nada. Siempre saben cómo engatusarla. Ethel y yo llevamos diez años casados. Ambos somos de Morristown, Nueva Jersey, y ni siquiera puedo recordar cuándo la conocí. Nuestro matrimonio me ha parecido siempre lleno de recursos, y feliz. Vivimos en una casa sin ascensor, en una de las calles cincuenta del East Side. Nuestro hijo Carl, de seis años, se educa en una buena escuela privada, y nuestra hija, que sólo tiene cuatro, no irá al colegio hasta el año que viene. A menudo criticamos el modo en que nos educaron, pero al parecer nos esforzamos por criar a nuestros hijos conforme a las mismas pautas, y supongo que, a su debido tiempo, irán a los mismos centros y universidades a los que nosotros fuimos.
Ethel se graduó en una universidad femenina del Este, y luego cursó un año en la Universidad de Grenoble. Al volver de Francia trabajó durante un año en Nueva York, y después nos casamos. En una ocasión colgó su diploma encima del fregadero de la cocina, pero la broma fue efímera, y no sé dónde está ahora el documento. Ethel es alegre, amable, se adapta fácilmente a todo, y ambos procedemos de ese enorme estrato de la clase media que se distingue por su habilidad para recordar mejores tiempos. El dinero perdido forma hasta tal punto parte de nuestra vida que a veces me recuerda a los expatriados, a un grupo que se ha acomodado con gran esfuerzo a unatierra extraña, pero que se acuerda, alguna que otra vez, de los perfiles de su costa nativa. Como nuestra vida está limitada por mi modesto sueldo, resulta sencillo describir la existencia cotidiana de Ethel. Se levanta a las siete y pone la radio. Después de vestirse, despierta a los niños y prepara el desayuno. A las ocho en punto hay que llevar al niño a la parada del autobús de la escuela. Una vez de vuelta, Ethel peina a Carol. Yo salgo de casa a las ocho y media, pero sé que cada uno de sus movimientos a lo largo de toda la jornada está determinado por las tareas domésticas: cocinar, ir de compras y atender a los niños. Sé que los martes y los jueves, desde las once hasta el mediodía, estará en los almacenes A & P, sé que de tres a cinco, los días que hace bueno, se sienta en tal banco de tal parque, que hace la limpieza de la casa los lunes, los miércoles y los viernes, y que abrillanta la plata cuando llueve. Cuando vuelvo, a las seis, normalmente está lavando las verduras o preparando algo para la cena. A continuación, cuando los niños ya han cenado y se han bañado, cuando la cena está lista y los platos en la mesa del cuarto de estar, se queda parada en medio de la habitación como si hubiese perdido u olvidado algo, y ese momento de reflexión es tan profundo que no me oye si le hablo o si los niños llaman. El momento pasa. Enciende las cuatro velas blancas en los candeleros de plata y nos sentamos a cenar un picadillo de ternera o algún otro plato sencillo.
Salimos una o dos veces por semana, y recibimos visitas, por lo general, una vez al mes. Por razones prácticas, la mayoría de la gente que vemos reside en el vecindario. Vamos con frecuencia a las fiestas que organiza una generosa pareja que se apellida Newsome y vive a la vuelta de la esquina. Son reuniones tumultuosas y espléndidas, y en ellas se da libre curso a los arbitrarios impulsos de la amistad.
Una noche, en casa de los Newsome, por motivos que nunca he entendido, intimamos con una pareja, el doctor Trencher y su esposa. Creo que la señora Trencher fue el elemento activo en la formación de esta amistad, y después de aquel encuentro telefoneó a Etheltres o cuatro veces. Fuimos a cenar a su casa y ellos vinieron a la nuestra, y algunas veces, de noche, cuando el doctor sacaba a su vieja perra salchicha de paseo, subía a hacernos una breve visita. Parecía un hombre de trato agradable. He oído a otros médicos decir que es un buen profesional. Los Trencher rondan los treinta; por lo menos, él; ella es mayor.
Yo diría que es una mujer fea, pero su fealdad es difícil de especificar. Es pequeña, tiene buen tipo y rasgos regulares, pero supongo que esa impresión de fealdad emana de cierta modestia interior, de una inmotivada falta de fe en sus posibilidades. Su marido no bebe ni fuma, e ignoro si eso tiene algo que ver, pero su rostro delgado posee una tez fresca; tiene las mejillas rosadas, y sus ojos azules son claros e intensos. Exhibe el singular optimismo de un médico muy experimentado: el sentimiento de que la muerte es una desdicha fortuita y de que el mundo físico no pasa de ser un territorio por conquistar. De la misma manera que su mujer parece fea, él da la impresión de ser joven.
El matrimonio vive en una casa individual, confortable y sencilla de nuestro vecindario. La construcción es anticuada; los salones son amplios, el vestíbulo lúgubre, y ellos no parecen irradiar el suficiente calor humano para prestar vida a la vivienda, de suerte que a veces, al marcharnos al final de una velada, nos ha producido la impresión de ser un sitio con muchas habitaciones vacías. La señora Trencher está visiblemente apegada a sus pertenencias —sus vestidos, sus joyas, los objetos que decoran su casa— y a Fräulein, la vieja perra salchicha. Le da las sobras de la mesa furtivamente, como si no le estuviera permitido hacerlo y, después de comer, Fräulein se tiende a su lado en el sofá. Con la luz verde del televisor proyectada en su rostro y sus delgadas manos acariciando a la perra, la señora Trencher me pareció una noche un ser desgraciado y de buen corazón.
Empezó a telefonear a Ethel por las mañanas, para hablar con ella o para proponerle un almuerzo o una matinée. Ethel no puede salir durante el día, y asegura que le disgustan las conversaciones telefónicas largas. Se quejó de que la señora Trencher era una agresiva e incansable chismosa. Más adelante, el doctor Trencher apareció una tarde en el parque donde Ethel lleva a los niños. Pasaba por allí, la vio y se sentó a su lado hasta que llegó la hora de volver con los niños a casa. Regresó unos días después, y Ethel me dijo que a partir de entonces sus visitas al parque fueron frecuentes. Ethel pensó que tal vez no tenía muchos pacientes, y que al estar desocupado le encantaba hablar con alguien. Luego, una noche, cuando estábamos fregando, Ethel dijo pensativamente que la actitud del médico con respecto a ella se le antojaba extraña.
—Me mira fijamente —dijo—. Suspira y me mira fijamente.
Sé el aspecto que tiene mi mujer cuando va al parque de los niños. Se pone un viejo abrigo de tweed, botas de goma, guantes del ejército y un pañuelo anudado bajo la barbilla. El parque es una parcela con el suelo de losas y una cerca, entre las casas bajas y el río. La imagen del doctor Trencher, bien vestido y sonrosado prendándose de Ethel en aquel entorno, no podía tomarse muy en serio. Ella no me habló de él en varios días, y supuse que habían cesado las visitas. A finales de mes fue el cumpleaños de Ethel y yo me olvidé de la fecha, pero al llegar a casa esa noche había cantidad de rosas en el cuarto de estar. Regalo de Trencher, me explicó. Me enfadé conmigo mismo por haber olvidado el día de su cumpleaños, y las rosas del médico me pusieron furioso. Le pregunté si lo había visto recientemente.
—Oh, sí —contestó—, sigue viniendo a verme casi todas las tardes. No te lo había dicho, ¿verdad? Se me ha declarado. Me quiere. No puede vivir sin mí. Caminaría por encima del fuego con tal de oír el sonido de mi voz. —Se rió—. Eso me ha dicho.
—¿Cuándo?
—En el parque. Y al volver a casa. Ayer.
—¿Desde cuándo está interesado en ti?
—Eso es lo más curioso del asunto. Desde antes de conocerme en casa de los Newsome aquella noche. Me vio esperando el autobús unas tres semanas antes. Dice que lo supo nada más verme, en aquel mismo instante. Está loco, por supuesto.
Esa noche yo estaba cansado y preocupado por los impuestos y las facturas, y pensé que la declaración de Trencher era únicamente un cómico error. Pensé que era un cautivo de compromisos económicos y sentimentales, como cualquier otra persona que lo pueda conocer, y que tenía las mismas posibilidades de enamorarse de una desconocida entrevista en una esquina que de darse un garbeo a pie por la Guayana francesa o de empezar una nueva vida en Chicago bajo un nombre supuesto. Su declaración de amor, la escena acontecida en el parque, se me antojaba uno de esos encuentros casuales que forman parte de la vida de toda gran ciudad. Un ciego te pide que lo ayudes a cruzar la calle, y cuando estás a punto de dejarlo, te agarra del brazo y te obsequia con un apasionado relato sobre la crueldad y la ingratitud de sus hijos; o bien el ascensorista que te sube a una fiesta donde te esperan, se vuelve de repente hacia ti y te dice que su nieto tiene parálisis infantil. La ciudad rebosa de revelaciones casuales, de gritos de socorro a media voz y de desconocidos que te lo cuentan todo a poco que les muestres la más leve simpatía, y Trencher no me pareció muy diferente del ciego o del ascensorista. Su declaración no tenía en nuestra vida más importancia que las intromisiones que acabo de citar.
No hubo más conversaciones telefónicas con la señora Trencher y ya no íbamos a visitar al matrimonio, pero algunas veces en que yo llegaba tarde al trabajo me encontré con él por la mañana en la parada del autobús a la ciudad. Parecía comprensiblemente incómodo cada vez que me veía, pero a aquella hora el autobús estaba siempre repleto, y no era muy difícil evitarnos el uno al otro. Por esa misma época cometí un error financiero e hice perder varios miles de dólares a la empresa para la que trabajo. No era muy probable que me despidieran, pero la posibilidad gravitaba siempre en el fondo de mi cerebro, y a causa de este trastorno y de la constante necesidad de ganar más dinero, quedó sepultado el recuerdo del excéntrico médico. Transcurrieron tres semanas sin que Ethel lo mencionara, pero una noche en que yo estaba leyendo advertí que ella, de pie junto a la ventana, miraba a la calle.
—Está ahí, en serio —dijo.
—¿Quién?
—Trencher. Ven a ver.
Me acerqué a la ventana. Sólo había tres personas en la acera opuesta. Estaba oscuro y hubiese sido difícil reconocer a nadie, pero una silueta que caminaba hacia la esquina con un perro salchicha al extremo de una correa podía muy bien ser Trencher.
—Bueno, ¿y qué? —respondí—. Está paseando a la perra.
—Pero no era lo que estaba haciendo la primera vez que me he asomado a la ventana. Estaba ahí parado mirando fijamente a la casa. Eso dice él que hace. Dice que viene hasta aquí y mira fijamente nuestras ventanas iluminadas.
—¿Cuándo te ha dicho eso?
—En el parque.
—Creí que ibas a otro.
—Oh, sí, claro, pero él me sigue. Está loco, cariño. Sé que está loco, pero me da tanta pena. Dice que se pasa noche tras noche mirando nuestras ventanas. Dice que me ve en todas partes, mi nuca, mis cejas, que oye mi voz. Dice que nunca ha actuado con medias tintas en su vida, y que esta vez tampoco va a hacerlo. Me da tanta lástima, cariño. No puedo evitarlo, me pone muy triste.
Entonces, por primera vez la situación me pareció seria, porque sabía que el desamparo del médico podría haber despertado una inestimable y obstinada pasión que Ethel comparte con ciertas mujeres: la incapacidad de desoír toda petición de ayuda, de desdeñar una voz de acento lastimero. No se trata de una pasión razonable, y casi hubiera preferido que lo deseara en lugar de compadecerlo. Cuando esa noche nos disponíamos a acostarnos, sonó el teléfono; descolgué y dije «diga», pero nadie contestó. Quince minutos después, el teléfono sonó de nuevo, y al no recibir respuesta empecé a gritar y a insultar virulentamente a Trencher, que no respondió —ni siquiera se oyó el clic que corta la comunicación—, y me hizo sentirme estúpido. Y como me sentía estúpido acusé a Ethel de haberle dado alas, de haberlo alentado; pero mis acusaciones no le hicieron mella, y al acabar de formularlas me sentí peor que antes, porque sabía que Ethel era inocente y que había tenido que salir a la calle para ir a la tienda y pasear a los niños, y que no existía ninguna ley que impidiese a Trencher esperarla en la tienda de ultramarinos, o que le prohibiera mirar fijamente las luces de nuestra casa.
La semana siguiente fuimos una noche a visitar a los Newsome, y en el momento de quitarnos los abrigos oí la voz de Trencher. Se marchó unos minutos después de nuestra llegada, pero su comportamiento —la mirada triste que dedicó a Ethel, la manera de esquivarme, el modo pesaroso de negarse cuando los anfitriones le pidieron que se quedara más tiempo y las galantes atenciones que mostró con su desdichada esposa— me puso furioso. Entonces, por casualidad me fijé en Ethel, y advertí que se le habían subido los colores a la cara, que le brillaban los ojos, y que mientras ensalzaba los zapatos nuevos de la señora Newsome su mente estaba en otra parte. Cuando volvimos a casa, la niñera nos dijo, enfadada, que ninguno de los niños se había dormido. Ethel les tomó la temperatura. Carol estaba bien, pero el niño tenía cuarenta grados de fiebre. Esa noche no dormimos gran cosa, y Ethel me llamó por la mañana a la oficina para decirme que Carl tenía bronquitis. Tres días después, la pescó la niña.
Durante las dos semanas que siguieron, los niños nos ocuparon la mayor parte del tiempo. Debían tomar la medicina a las once de la noche y a las tres de la mañana, y en aquel período perdimos muchas horas de sueño. Era imposible ventilar o limpiar la casa, y cuando yo llegaba desde la fría parada del autobús, aquello apestaba a tabaco y a jarabe para la tos, a corazones de frutas y lechos de enfermo. Por todas partes había mantas y almohadas, ceniceros y vasos con medicamentos. Dividimos con sensatez las fatigas de la enfermedad y nos turnamos para la vigilia nocturna, pero durante el día solía quedarme dormido encima de mi escritorio, y después de cenar Ethel se dormía con frecuencia en una silla del cuarto de estar. Se supone que la diferencia existente entre niños y adultos en cuanto a la fatiga reside en que éstos la reconocen y no se sienten abrumados por algo que no aciertan a nombrar; pero, con nombre y todo, agobia a los adultos, y cuando estamos cansados no razonamos, nos ponemos irritables y somos víctimas de serias depresiones. Una noche, superado ya lo peor de la enfermedad, entré en casa y vi unas rosas en la sala. Ethel dijo que Trencher se las había llevado. No lo había dejado entrar. Le había cerrado la puerta en las narices. Cogí las rosas y las tiré a la calle. No nos peleamos. Los niños se acostaron a las nueve, y pocos minutos después me fui a la cama. Más tarde, algo me despertó.
Había luz en el vestíbulo. Me levanté. La habitación de los niños y el cuarto de estar estaban a oscuras. Encontré a Ethel en la cocina, sentada a la mesa y tomando café.
—Acabo de hacer café —dijo—. Carol se estaba ahogando otra vez y la he ayudado a hacer inhalaciones. Ya se han dormido los dos.
—¿Desde cuándo estás levantada?
—Desde las doce y media. ¿Qué hora es?
—Las dos.
Me serví una taza de café y me senté. Ella se levantó, lavó su taza y se miró en el espejo que hay sobre el fregadero. Era una noche de viento. Un perro gemía en algún apartamento debajo del nuestro, y una antena de radio medio suelta golpeaba la ventana de la cocina.
—Hace el mismo ruido que una rama —dijo Ethel.
Bajo la cruda luz de la cocina, apropiada para pelar patatas y fregar platos, parecía muy cansada.
—¿Podrán salir mañana los niños?
—Oh, espero que sí —respondió—. ¿Te das cuenta de que hace más de dos semanas que no salgo de esta casa?
Hablaba con amargura, y eso me sobresaltó.
—No han sido dos semanas enteras.
—Más de dos semanas —dijo ella.
—Bueno, vamos a sacar la cuenta —dije—. Los niños enfermaron el sábado por la noche. El día cuatro. Hoy es…
—Calla, cállate —dijo—. Yo sé lo que ha durado. No me he puesto los zapatos durante dos semanas.
—Lo dices como si fuera algo terrible.
—Lo es. No me he puesto un vestido decente ni me he arreglado el pelo.
—Podría ser peor.
—Las cocineras de mi madre vivían mejor.
—Lo dudo.
—Las cocineras de mi madre vivían mejor —dijo alzando la voz.
—Vas a despertar a los niños.
—Las cocineras de mi madre vivían mejor que yo. Tenían habitaciones agradables. Nadie podía entrar en la cocina sin su permiso.
Tiró a la basura el poso del café y empezó a limpiar la cafetera.
—¿Cuánto tiempo ha estado aquí Trencher esta tarde?
—Un minuto. Ya te lo he dicho.
—No te creo. Entró.
—No. No lo dejé. No lo dejé entrar porque no estaba arreglada. No quise desalentarlo.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Puede ser un imbécil. Puede que esté loco, pero las cosas que me ha dicho me hacen sentirme de maravilla. De maravilla.
—¿Quieres irte?
—¿Irme? ¿Adonde quieres que vaya? —Cogió el monedero que se guarda en la cocina para pagar la comida y contó dos dólares y treinta y cinco centavos—. ¿A Ossining? ¿A Montclair?
—Quiero decir irte con Trencher.
—No sé, no lo sé —dijo—, pero ¿quién puede decir que no debería hacerlo? ¿Qué daño haría eso? ¿Qué bien reportaría? Quién sabe. Quiero a los niños, pero no es suficiente, no es bastante. No quisiera hacerlos sufrir, pero ¿sufrirían mucho si te dejara? ¿Es terapéutico el divorcio? Y de todas esas cosas que mantienen unido a un matrimonio, ¿cuántas son buenas?
Se sentó a la mesa.
—En Grenoble —prosiguió—, escribí en francés un largo artículo sobre Carlos Estuardo. Un catedrático de la Universidad de Chicago me mandó una carta. Hoy día no podría leer un periódico francés sin diccionario, no tengo tiempo de leer ningún periódico, y me avergüenzo de mi incompetencia, me avergüenzo de mi aspecto. Oh, creo que te quiero, sé que quiero a los niños, pero también me quiero a mí misma, amo la vida, aún significa algo para mí, y aún me quedan cosas por hacer, y las rosas de Trencher me hacen pensar que me estoy perdiendo todo esto, que estoy perdiendo mi dignidad. ¿Sabes a lo que me refiero, comprendes lo que quiero decir?
—Está loco —dije.
—¿Sabes a lo que me refiero? ¿Entiendes lo que quiero decir?
—No —contesté—. No.
Carl se despertó entonces y llamó a su madre. Dije a Ethel que se fuera a la cama. Apagué la luz de la cocina y fui al dormitorio de los niños.
Los niños se sintieron mejor al día siguiente, y como era domingo los saqué a dar un paseo. El sol de la tarde era benigno y puro, y sólo las sombras coloreadas me hicieron recordar que nos hallábamos en mitad del invierno, que los cruceros volvían al puerto de partida y que una semana más tarde los narcisos costarían veinticinco centavos el ramo. Al descender por Lexington Avenue, oímos en el cielo un sonido semejante al tono bajo de un órgano de iglesia, y nosotros y los demás transeúntes alzamos la mirada con aturdimiento, como una devota y estúpida asamblea de fieles, y vimos una escuadrilla de bombarderos pesados que se dirigían hacia el mar. A medida que avanzaba la tarde, el tiempo se hizo más frío, claro y apacible, y en la silenciosa atmósfera, el humo residual de las chimeneas a lo largo del East River parecía articular, de un modo tan legible como el avión de la Pepsi-Cola, palabras y frases enteras. Calma. Desastre. Resultaba difícil descifrarlas. Se diría que era el reflujo del año —un mal día para la gastritis, la sinusitis, los trastornos respiratorios—, y al rememorar otros inviernos, los cambios de luz me persuadieron de que era tiempo de divorcio. Fue una tarde larga, y antes de que oscureciera llevé a los niños a casa.
Creo que la solemnidad del día afectó a mis hijos, y una vez en casase estuvieron callados. La seriedad del momento siguió aportándome la sensación de que aquel cambio, al igual que el fenómeno de la velocidad, afectaba a nuestros corazones tanto como a nuestros relojes. Intenté recordar la buena voluntad con que Ethel había seguido a mi regimiento durante la guerra, de West Virginia a las dos Carolinas y a Oklahoma, y los autocares diurnos, y las habitaciones en las que había tenido que vivir, y la calle de San Francisco en la que le dije adiós antes de zarpar para el frente, pero no acerté a expresar nada de esto en palabras: ninguno de los dos encontró nada que decir. Poco después de oscurecer, bañamos a los niños y los metimos en la cama, y nosotros nos sentamos a cenar. Hacia las nueve llamaron al timbre; contesté yo y reconocí la voz de Trencher en el portero automático; le pedí que subiera.
Parecía enloquecido y exultante cuando apareció. Tropezó en el borde de la alfombra.
—Ya sé que aquí no soy bien recibido —dijo con voz recia, como si yo fuera sordo—. Ya sé que no le gusta verme aquí. Respeto sus sentimientos. Ésta es su casa. Respeto los sentimientos de un hombre con respecto a su hogar. No suelo ir a casa de un hombre a menos que éste me lo pida. Respeto su hogar. Respeto su matrimonio. Respeto a sus hijos. Creo que todo debe decirse abiertamente. He venido aquí a decirle que quiero a su mujer.
—Váyase —dije.
—Tiene que escucharme. Quiero a su mujer. No puedo vivir sin ella. Lo he intentado y no puedo. Incluso he intentado marcharme a otro sitio, mudarme a la costa Oeste, pero sé que no serviría de nada. Quiero casarme con ella. No soy un romántico. Soy realista. Muy realista. Sé que usted tiene dos hijos y que no dispone de mucho dinero. Sé que hay problemas de tutela y bienes y cosas que resolver. No soy un romántico. Soy un hombre práctico. He hablado de todo esto con mi mujer y está de acuerdo en concederme el divorcio. Yo no juego sucio. Su mujer puede decírselo. Soy consciente de todos los aspectos prácticos que deben tenerse en cuenta: tutela, bienes y demás. Tengo mucho dinero. Puedo proporcionar a Ethel todo lo quenecesite, pero están los niños. Tienen que decidir al respecto entre ustedes. He traído un cheque. Está a nombre de Ethel. Quiero que lo cobre y que se vaya a Nevada. Soy un hombre práctico y sé que no puede decidirse nada hasta que obtenga el divorcio.
—¡Largo de aquí! —grité—. ¡Lárguese ahora mismo!
Se encaminó hacia la puerta. Había un tiesto con geranios sobre la repisa de la chimenea, y se lo lancé a través de la habitación. Le dio en los riñones y casi lo derribó. El tiesto se rompió en el suelo. Ethel gritó. Trencher seguía avanzando hacia la puerta. Fui tras él, cogí un candelabro y traté de golpearle en la cabeza, pero fallé el golpe y el candelabro rebotó en la pared. «¡Lárguese!», aullé, y él cerró de un portazo. Volví al cuarto de estar. Ethel estaba pálida pero no lloraba. Hubo unos ruidosos golpecitos sobre el radiador, una señal de la gente de arriba pidiendo decoro y silencio, una llamada urgente y expresiva, como las comunicaciones que los reclusos entablan por medio de las cañerías de una cárcel. Luego volvió el silencio.
Nos fuimos a la cama y me desperté en algún momento de la noche. No podía ver el reloj del aparador, así que ignoro qué hora sería. No se oía nada en el cuarto de los niños. El vecindario estaba perfectamente silencioso. No había luces encendidas en ninguna ventana. Entonces supe que Ethel me había despertado. Yacía de costado en la cama. Lloraba.
—¿Por qué lloras? —pregunté.
—¿Que por qué? —dijo—. ¿Por qué estoy llorando?
Oír mi voz y hablar le provocó un nuevo acceso, y se echó a sollozar con desespero. Se incorporó, deslizó los brazos en las mangas de la bata y buscó a tientas un paquete de cigarrillos en la mesa. Vi su rostro mojado cuando encendió uno. La oí moverse en la oscuridad.
—¿Por qué lloras?
—¿Por qué lloro? ¿Por qué lloro? —preguntó, impacientemente—. Lloro porque vi a una anciana abofetear a un niño en la Tercera Avenida. Estaba borracha. No puedo quitármelo de la cabeza.
Arrancó el edredón de los pies de la cama y caminó con él hacia la puerta.
—Lloro porque mi padre murió cuando yo tenía doce años y porque mi madre se casó con un hombre a quien yo detestaba o creía detestar. Lloro porque tuve que ponerme un vestido espantoso, un vestido de segunda mano, para ir a una fiesta hace veinte años, y no me lo pasé bien. Lloro por alguna crueldad que no consigo recordar. Lloro porque estoy cansada; porque estoy cansada y no puedo dormir.
Oí que se acomodaba en el sofá, y a continuación todo quedó en silencio.
Me gustaría saber que los Trencher se han marchado lejos, pero sigo viéndolo a él alguna que otra vez en la parada del autobús, cuando llego tarde al trabajo. También he visto a su mujer yendo a la biblioteca del barrio acompañada de Fräulein. Parece mayor. No tengo buen ojo para calcular edades, pero no me sorprendería que la señora Trencher fuese quince años mayor que su marido. Cuando vuelvo a casa por la noche, Ethel sigue sentada en el taburete junto al fregadero, limpiando verduras. Vamos juntos a la habitación de los niños. Allí la luz es brillante. Los niños han construido algo con una caja de naranjas, algo absurdo y ascendente, y su dulzura, el impulso que los mueve a construir, la brillantez de la luz se reflejan perfectamente —y se incrementan— en el rostro de Ethel. Luego les da de cenar, los baña y prepara la mesa, y se queda un momento en medio de la habitación, tratando de establecer cierto vínculo entre la noche y el día. Transcurre ese instante. Enciende las cuatro velas y nos sentamos juntos a cenar

sábado, 24 de agosto de 2013

El final

Ahí estábamos
Dos cuerpos inertes, muertos
Secos de palabras
Abrazados

Reeditando esa muerte
preanunciada en
el primer beso
En esa ausencia del primer
sexo
 
Desnuda aún
en el sexo muerto
mi cuerpo se escribe
cuando espinan tus manos
acariciándome

Así se abrió el
primer acto


Nunca estuve tan cerca
de la muerte
Éramos tres:
Vos, yo y la parca

No vi esa micromuerte
Ahora la palpo
la sueño
sin espanto y dolor

Miro el lugar que
habitamos y
no lloro

Veo en clave de
pullover destejido
que reconoce el
punto de su trama


FIN

sábado, 10 de agosto de 2013

Jack Kerouac, On the Road

Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un ¡Ahhh!

sábado, 3 de agosto de 2013

Encuentro con Juan José Saer



Como una cita programada, me dirijo a mi biblioteca y voy al encuentro de Cicatrices de Juan José Saer. Un tanto sabiendo a donde quiero ir, como al encuentro de un amante, busco el lugar a donde quiero llegar. Ese lugar, pasaje, es un encuentro y sin querer advierto que cada vez que escribo en este blog el extracto de un libro, es como dar cuenta de estos encuentros en donde algo de mi intimidad hace guiño, complicidad, lazo con la escritura.

Y acá estoy con C(c)icatrices en mis manos, releyendo un pasaje de esta potente novela y encuentro un dibujo (un sillón y un gato) que hice en el año 2004 de la casa del que era mi novio en ese entonces . El encuentro se interrumpe, luego retomo esa lectura y entiendo el por que fui ahí, escribí un poema que de alguna manera me llevaba a esa imagen.

Leo, me gusta mucho leer, dice Larrosa: "Se lee para sentirse leer, para sentirse leyendo, para sentirse vivo leyendo. Se lee para tocar, por un instante y como una sorpresa, el centro vivo de la vida, o su afuera imposible".

Escribo este extracto para compartir vida, lo inasible de la vida....



"La ciudad era un cementerio, y salvo las luces débiles de las esquinas, el resto estaba enterrado en la oscuridad. Cuando me puse a cruzar una esquina en diagonal, bajo la luz que dejaba ver las masas blanquecinas de la llovizna suspendidas en el aire, vi venir una figura humana en mi dirección.Fue emergiendo lentamente de la oscuridad, y al principio apareció borrosa por la llovizna, pero después fue haciéndose más nítida. Era un hombre joven, vestido con un impermeable que me resultó familiar. Era igual al mío. Venía tan derecho hacia mí que nos detuvimos a medio metro de distancia, exactamente bajo el foco de la esquina.Traté de no mirarle la cara, porqué me pareció saber de antemano de quién se trataba.Por fin alcé la cabeza y clavé la mirada en su rostro. Vi mi propio rostro. Era tan idéntico a mi que dudé de estar yo mismo allí, frente a él, rodeando con mi carne y mis huesos el resplandor débil de la mirada que estaba clavando en él. Nunca nuestros círculos se habían mezclado tanto, y comprendí que no había temor que él estuviese viviendo una vida que a mí me estaba prohibida, una vida más rica y más elevada. Cualquiera hubiese sido su círculo, el espacio a él destinado a través del cual su conciencia pasaba como una luz errabunda y titilante, no difería tanto del mío como para impedirle llegar a un punto en el cual no podía alzar a la llovizna de mayo más que una cara empavorecida, llena de esas cicatrices tempranas que dejan las primeras heridas de la comprensión y la extrañeza."

miércoles, 24 de julio de 2013

Maurice Blanchot (Extracto del libro El espacio literario)

El poema parece ligado a una palabra que no puede interrumpirse porque no habla; es. La palabra no comienza nunca, pero siempre dice otra vez, y siempre vuelve a comenzar.
El poeta es el que escuchó esa palabra, el que se convirtió en su mediador, el que le impuso silencio pronunciándola.
La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y de alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento neutro del poder de decir y del poder de oír.

miércoles, 17 de julio de 2013

Extracto del Entenado de Juan José Saer

Las paredes blancas, la luz de la vela que hace temblar, cada vez que se estremece, mi sombra en la pared, la ventana abierta a la madrugada silenciosa en la que lo único que se oye es el rasguido de la pluma y, de tanto en tanto, los crujidos de la silla, las piernas que, acalambradas se remueven debajo de la mesa, las hojas que voy llevando con mi escritura lenta y que van a encimarse con las ya escritas, produciendo un chasquido particular que resuena en la pieza vacía-contra ese muro espeso que viene a chocar, si no es entresueño rápido y frágil después de la cena , lo vivido-. Si lo que manda, periódica, la memoria, logra agrietar este espesor, una vez que lo que se ha filtrado va a depositarse, como escoria, en la hoja, la persistencia espesa del presente se recompone y se vuelve otra vez muda y lisa, como si ninguna imagen venida de otros parajes la hubiese atravesado.

jueves, 27 de junio de 2013

Para que vinieras
me convertí
En una militante
del sexo

domingo, 16 de junio de 2013

Una literatura adolescente

Se me ha ocurrido  pensar en que existen ciertas escrituras adolescentes, o bien podrían  encuadrase en lo que podríamos llamar: La  Literatura adolescente. Ella  podría contener las diferentes escrituras que asumiendo formas poéticas diversas no podrían despegarse de sus modelos, en esa búsqueda del estilo propio. Podríamos pensar  que se trata de una transición, sin embargo asistimos a  cierta cronicidad. Confieso que se me ocurrió pensar en que adolescente no sería el término porque lo que justamente veía era que no podían despegarse del Padre devenido espejo donde mirar su estilo. Pero lo que he me parecido más bien es que hay intentos infructuosos de despegarse de esos Otros, tal cual ocurre en la adolescencia. Esa literatura es como una perpetuidad adolescente en esa búsqueda del estilo propio.

domingo, 2 de junio de 2013

Credo

Desconfío de los moldes
de las palabras mil
veces dichas
en eso que llaman
amor

Creo en eso
que se teje
en las palabras
que se paren
como por
primera vez

Creo sólo en
los artilugios del lenguaje
en que nos miramos
y reconocemos

Creo en el brebaje
inciático que nos
unió, sí, como
Tristán e Isolda

Desconfío de
todos estos años
que pasaron
Extrañeza

Creo en lo que
vendrá
o vino....






lunes, 20 de mayo de 2013

Otoño

Caen hojas
del árbol
del membrillo
En el patio
de mi casa

Caen recuerdos
en pleno
otoñeo de
mi alma


La nieve
cayó así
y yo quería
parirme en soles


En el campo del
olvido
me encontré
niña

Hice un
collage de
recuerdos
y me dormí


Desperté
madre
30 años
a mi lado esa
niña y en
nuestros brazos
Juan






sábado, 18 de mayo de 2013

Actualidad

Llegar a casa
Ni intentar prender
la tv
Ni abrir el Facebook


Saber de oráculo:
El sentido
no esta ahí



En que momento
sucedió
Así sin darme cuenta
que los sentidos
son instantes


Agujero
lazada y algo
Como un sentido
por venir

En la lucha de
Nicanor y
Cecilia
En Juan y sus gestos
que condensan
el mundo


Sobrepoblación
de sinsentido
Escribir
otro sentido

La soledad
un sentido
inédito

Los poetas
por encargo
el puro sin sentido

La mostración
La soberbia
La deslealtad
del que se lame
la herida
y escupe al mundo

Un triste sinsentido


Estos versos que
hacen el amor
con el papel
y gritan

Acá bajito
Entre soles
negros y
nieve









domingo, 5 de mayo de 2013

Y un día supe

que allí donde

se cristalizaba

 todo mi ser

era mi

Talón de Aquiles


Subversión anatómica

Soy talón

Dialéctica del que

pisa y es pisado



Paradoja

Me olvidé de

pisar





Resisto esta

verdad

como tantas



Encuentro callos

en mi cuerpo

de larga data

Recién los palpo



¿Cómo es posible

que el lugar

donde resistía

fuera mi debilidad?


Me quedo

con la amabilidad

de lo posible

y con vos